Bienvenidos

La puesta en marcha del Taller Literario Un espacio propio es mi respuesta a la reiterada solicitud de alumnos y exalumnos de la Universidad Nacional de La Matanza a los que he acompañado en su proceso de enseñanza-aprendizaje.

La carencia de capacidades metodológicas y técnicas, así como también interpretativas y expresivas en las prácticas de la lecto-escritura de los alumnos egresados del nivel Polimodal en los últimos años es un problema que nos atañe a todos. Son los jóvenes los primeros en notar que no cuentan con las herramientas necesarias para triunfar en la interacción social y llevar la comunicación a una concreta efectivización. Son, también, ellos los primeros en solicitar ayuda. Este proyecto es mi respuesta.

Por otra parte, es cada día mayor el número de personas que, ante las pocas posibilidades de expansión cultural que proveen los medios y el mundo del “arte”, se acercan al ámbito universitario en busca de un espacio para la intelección y el desarrollo cultural. Por esta razón, nuestro proyecto se abre a la comunidad en general y, por lo tanto, extiende también sus objetivos y su línea de actividades.

El Taller se propone como un espacio para la iniciación -en algunos casos-, el desarrollo, el perfeccionamiento y el afianzamiento de los conocimientos y las capacidades indispensables para el logro de una comunicación humana efectiva. En esa tarea, inigualable por las posibilidades que ofrece, se articulan dos series de actividades que solo pueden adquirirse si se las presenta simultáneamente: la lectura y la escritura.

La lectura no debe ser entendida como una actividad supeditada a las necesidades del estudio, si bien es la principal herramienta del mismo. La lectura es un medio para el crecimiento intelectual y espiritual, a la vez que un instrumento para el accionar humano sobre la sociedad y sobre el sí mismo. “Un cuento puede salvar una vida”, afirmaba Roland Barthes en referencia a la astucia empleada por Sherezade, la heroína de Las mil y una noches. El pensador francés destacaba, así, las posibilidades que se abren al sujeto que “puede” leer y escribir correctamente.

Consideramos, entonces, que ofrecer un espacio para la práctica cotidiana y el desarrollo constante de estas capacidades es una obligación del sistema educativo argentino. La Universidad Nacional de La Matanza hace años que viene dando muestras de preocupación por el crecimiento educativo de su población: es una Universidad que, inserta en el partido más populoso y, tal vez, más complejo de la Provincia de Buenos Aires se erige como un símbolo de que la autosuperación es una posibilidad que se hace camino al andar.

La Literatura es un arte, y no una materia de escuela. Así debe ser tratada y transmitida. La Literatura no se enseña, se muestra, como las obras de arte… y se percibe, se siente. Y, recién, entonces, se comprende.

Escribir literatura no es una tarea fácil porque no depende del aprendizaje de una serie de reglas gramaticales. Nuestra intención, en el Taller, no es formar escritores sino ofrecer las posibilidades de comprensión del arte literario y, a partir de allí, fomentar el ejercicio de la expresión libre y propia.

El mundo ya no cultiva los secretos encerrados en los textos, ya nadie escucha el susurro del lenguaje, los ecos de las voces de los grandes artistas se van apagando poco a poco…

Hoy abrimos Un espacio propio con la intención de recuperar algunos ecos… y hacer que estos revivan en la recepción y en las producciones de nuestros talleristas.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Nigel Evan Dennis

No sé qué opinan ustedes... Pero, a mí, N. Evan Dennis me parece alucinante... Sus imágenes son una combinación de fotografía, dibujo y pintura... La armonía y la perspectiva es fantástica... (entendiendo, "fantástica" como lo propio del género, por supuesto). Les aconsejo linkear aquí:

http://www.taringa.net/posts/imagenes/943849/Nigel-Evan-Dennis-%5BDise%C3%B1o-e-ilustraci%C3%B3n%5D.html

domingo, 24 de junio de 2007

La aventura del detective agonizante, de Sir Arthur Conan Doyle

La señora Hudson, la patrona de Sherlock Holmes, tenía una larga experiencia de sufrimiento. No sólo encontraba invadido su primer piso a todas horas por bandadas de personajes extraños y a menudo indeseables, sino que su notable huésped mostraba una excentricidad y una irregularidad de vida que sin duda debía poner duramente a prueba su paciencia. Su increíble desorden, su afición a la música a hora extrañas, su ocasional entrenamiento con el revólver en la habitación, sus descabellados y a menudo malolientes experimentos científicos, y la atmósfera de violencia y peligro que le envolvía, hacían de él el peor inquilino de Londres. En cambio, su pago era principesco. No me cabe duda de que podría haber comprado la casa por el precio que Holmes pagó por sus habitaciones en los años que estuve con él.

La patrona sentía el más profundo respeto hacia él y nunca se atrevía a llamarle al orden por molestas que le parecieran sus costumbres. Además, le tenía cariño, pues era un hombre de notable amabilidad y cortesía en su trato con las mujeres. El las detestaba y desconfiaba de ellas, pero era siempre un adversario caballeroso. Sabiendo qué auténtica era su consideración hacia Holmes, escuché atentamente el relato que ella me hizo cuando vino a mi casa el segundo año de mi vida de casado y me habló de la triste situación a la que estaba reducido mi pobre amigo.

-Se muere, doctor Watson -dijo-. Lleva tres días hundiéndose, y dudo que dure el día de hoy. No me deja llamar a un médico. Esta mañana, cuando ví cómo se le salen los huesos de la cara, y cómo me miraba con sus grandes ojos brillantes, no pude resistir más. «Con su permiso o sin él, señor Holmes, voy ahora mismo a buscar a un médico», dije. «Entonces, que sea Watson», dijo. Yo no perdería ni una hora en ir a verle, señor, o a lo mejor ya no lo ve vivo.

Me quedé horrorizado, pues no había sabido nada de su enfermedad.

Ni que decir tiene que me precipité a buscar mi abrigo y mi sombrero. Mientras íbamos en el coche, pregunté detalles.

-Tengo poco que contarle. El había estado trabajando en un caso en Rotherhithe, en un callejón junto al río, y se ha traído la enfermedad con él. Se acostó el miércoles por la tarde y desde entonces no se ha movido. Durante esos tres días no ha comido ni bebido nada.

-¡Válgame Dios! ¿Por qué no llamó a su médico?

-El no quería de ningún modo, doctor Watson. Ya sabe que dominante es. No me atreví a desobedecerle. Pero no va a durar mucho en este mundo, como verá usted mismo en el momento en que le ponga los ojos encima.

Cierto que era un espectáculo lamentable. En la media luz de un día neblinoso de noviembre, el cuarto del enfermo era un lugar tenebroso, y esa cara macilenta y consumida que me miraba fijamente desde la cama hizo pasar un escalofrío por mi corazón. Sus ojos tenían el brillo de la fiebre, sus mejillas estaban encendidas de un modo inquietante, y tenía los labios cubiertos de costras oscuras; las flacas manos sobre la colcha se agitaban convulsivamente, y su voz croaba de modo espasmódico. Siguió tendido inerte cuando entré en el cuarto, pero al verme hubo un fulgor de reconocimiento en sus ojos.

-Bueno, Watson, parece que hemos caído en malos días -dijo con voz débil, pero con algo de su vieja indolencia en sus modales.

-¡Mi querido amigo! -exclamé, acercándome a él.

-¡Atrás! ¡Échese atrás! -dijo, del modo tajante e imperioso que yo había visto en él sólo en momentos de crisis-. Si se acerca a mí, Watson, mandaré echarle de casa.

-Pero ¿por qué?

-Porque ése es mi deseo. ¿No basta?

Si, la señora Hudson tenía razón. Estaba más dominante que nunca. Sin embargo, era lamentable ver su agotamiento.

-¡Exactamente! Ayudará mejor haciendo lo que se le dice.

-Es verdad, Holmes.

El suavizó la dureza de sus maneras.

-¿No estará irritado? -preguntó, jadeando para obtener aliento.

Pobre hombre, ¿cómo iba yo a estar irritado al verlo tendido en tal situación frente a mí?

-Es por su bien, Watson -croó.

-¿Por mi bien?

-Sé lo que me pasa. Es una enfermedad de los coolíes de Sumatra, algo que los holandeses conocen mejor que nosotros, aunque hasta ahora no han conseguido mucho. Sólo una cosa es cierta. Es mortal de necesidad, y es terriblemente contagiosa.

Ahora hablaba con una energía febril, con las largas manos convulsionándose y sacudiéndose en gestos para que me alejara.

-Contagiosa por contacto; eso es. Mantenga la distancia y todo irá bien.

-¡Válgame Dios, Holmes! ¿Supone que eso va a influir en mí por un momento? No me afectaría en el caso de un desconocido. ¿Se imagina que me impediría cumplir mi deber con tan viejo amigo?

Volví a avanzar, pero me rechazó con una mirada de cólera furiosa.

-Si se queda ahí, le hablaré. Si no, tiene que marcharse de este cuarto.

Siento tan profundo respeto por las extraordinarias cualidades de Holmes, que siempre he obedecido a sus deseos, aun cuando menos los entendiera. Pero ahora todo mi instinto profesional estaba excitado. Aunque él fuera mi jefe en otro sitio, en un cuarto de un enfermo yo era el suyo.

-Holmes -dije-, usted no es usted mismo. Un enfermo es sólo un niño, y así le voy a tratar. Quiéralo o no, voy a examinar sus síntomas y lo voy a tratar.

Me miró con ojos venenosos.

-Si debo tener un médico, quiéralo o no, por lo menos que sea uno en quien tenga confianza -dijo.

-¿Entonces no la tiene en mí?

-En su amistad, ciertamente. Pero los hechos son los hechos, Watson, y después de todo, usted es sólo un médico general de experiencia muy limitada y de títulos mediocres. Es doloroso tener que decir estas cosas, pero me obliga a ello.

Me sentí muy ofendido.

-Tal observación no es digna de usted, Holmes. Me muestra muy claramente el estado de sus nervios. Pero si no tiene confianza en mí, no le impondré mis servicios. Traigamos a sir Jasper Meek, o Penrose Fisher, o cualquiera de los mejores de Londres. Pero alguno tiene que aceptar, y eso es definitivo. Si cree que voy a quedarme aquí quieto, viéndole morir sin ayudarle bien por mí mismo o bien trayendo otro para que le ayude, se ha equivocado de persona.

-Tiene buenas intenciones, Watson -dijo el enfermo, con algo entre un sollozo y un gemido-. ¿Tengo que demostrarle su propia ignorancia? ¿Qué sabe usted, por favor, de la fiebre Tapanuli? ¿Qué sabe de la corrupción negra de Formosa?

-No he oído hablar de ninguna de las dos cosas.

-En Oriente, Watson, hay muchos problemas de enfermedades, muchas posibilidades patológicas extrañas. -Se contenía después de cada frase para concentrar su menguante energía-. He aprendido mucho en algunas investigaciones recientes de índole médico-criminal. En el transcurso de ellas he dado con esa enfermedad. Usted no puede hacer nada.

-Quizá no. Pero por casualidad sé que el doctor Ainstree, la mayor autoridad viviente en enfermedades tropicales, está ahora en Londres. Es inútil toda protesta, Holmes. Voy a buscarle ahora mismo -y me dirigí decidido hacia la puerta.

¡Nunca he sufrido tal choque! En un momento, con un salto de tigre, el agonizante me había interceptado. Oí el brusco chasquido de una llave al girar. Un momento después, volvió tambaleante a su cama, agotado y jadeante después de esa única llamarada de energía.

-No me quitará la llave por la fuerza, Watson. Ya le tengo, amigo mío. Aquí está, y aquí se quedará hasta que yo disponga otra cosa. Pero le seguiré el humor. -Todo eso en breves jadeos, con terribles luchas en medio, buscando aliento-. Sólo piensa usted en mi propio bien. Se saldrá con la suya, pero déme tiempo de reunir fuerzas. Ahora no, Watson, ahora no. Son las cuatro. A las seis se puede ir.

-Eso es una locura, Holmes.

-Sólo dos horas, Watson. Le prometo que se irá a las seis. ¿Está contento de esperar?

-Parece que no tengo alternativa.

-En absoluto, Watson. Gracias, no necesito ayuda para arreglar la ropa de la cama. Usted, por favor, guarde la distancia. Bueno, Watson, sólo hay otra condición que yo pondría. Usted buscará ayuda, pero no del médico que ha mencionado, sino del que elija yo.

-No faltaba más.

-Las tres primeras palabras sensatas que ha pronunciado desde que entró en este cuarto, Watson. Ahí encontrará algunos libros. Estoy un tanto agotado; no sé cómo se sentirá una batería cuando vierte la electricidad en un no-conductor. A las seis, Watson, reanudaremos nuestra conversación.

Pero estaba destinada a reanudarse mucho antes de esa hora, y en circunstancias que me ocasionaron una sacudida sólo inferior a la causada por su salto a la puerta. Yo llevaba varios minutos mirando la silenciosa figura que había en la cama. Tenía la cara casi cubierta y parecía dormir. Entonces, incapaz de quedarme sentado leyendo, me paseé despacio por el cuarto, examinando los retratos de delincuentes célebres con que estaba adornado. Al fin, en mi paseo sin objetivo, llegué ante la repisa de la chimenea. Sobre ella se dispersaba un caos de pipas, bolsas de tabaco, jeringas, cortaplumas, cartuchos de revólver y otros chismes. En medio de todo esto, había una cajita blanca y negra, de marfil, con una tapa deslizante. Era una cosita muy bonita; había extendido yo la mano para examinarla más de cerca cuando…

Fue terrible el grito que dio…, un aullido que se podía haber oído desde la calle. Sentí frío en la piel y el pelo se me erizó de tan horrible chillido. Al volverme, vislumbré un atisbo de cara convulsa y unos ojos frenéticos. Me quedé paralizado, con la cajita en la mano.

-¡Deje eso! Déjelo al momento, Watson…, ¡al momento, digo! -Cuando volví a poner la caja en la repisa, su cabeza volvió a hundirse en la almohada, y lanzó un hondo suspiro de alivio-. Me molesta que se toquen mis cosas, Watson. Ya sabe que me molesta. Usted enreda más de lo tolerable. usted, un médico…, es bastante como para mandar a un paciente al manicomio. ¡Siéntese, hombre, y déjeme reposar!

Ese incidente dejó en mi ánimo una impresión muy desagradable. La violenta excitación sin motivo, seguida por esa brutalidad de lenguaje, tan lejana de su acostumbrada suavidad, me mostraba qué profunda era la desorganización de su mente. De todas las ruinas, la de una mente noble es la más deplorable. Yo seguí sentado en silenciosa depresión hasta que pasó el tiempo estipulado. El parecía haber observado el reloj tanto como yo, pues apenas eran las seis cuando empezó a hablar con la misma excitación febril de antes.

-Bueno, Watson -dijo-. ¿Lleva cambio en el bolsillo?

-Si.

-¿Algo de plata?

-Bastante.

-¿Cuántas coronas?

-Tengo cinco.

-¡Ah, demasiado pocas! ¡Demasiado pocas! ¡Qué mala suerte, Watson! Sin embargo, tal como son, métaselas en el bolsillo del reloj, y todo su otro dinero, en el bolsillo izquierdo del pantalón. Gracias. Así se equilibrará mucho mejor.

Era una locura delirante. Se estremeció y volvió a emitir un ruido entre la tos y el sollozo.

-Ahora encienda el gas, Watson, pero tenga mucho cuidado de que ni por un momento pase de la mitad. Le ruego que tenga cuidado, Watson. Gracias, así está muy bien. No, no hace falta que baje la cortinilla. Ahora tenga la bondad de poner unas cartas y papeles en esa mesa a mi alcance. Gracias. Ahora algo de esos trastos de la repisa. ¡Excelente, Waton! Ahí hay unas pinzas de azúcar. Tenga la bondad de levantar con ayuda de ellas esa cajita de marfil. Póngala ahí entre los papeles. ¡Bien! Ahora puede ir a buscar al señor Culverton Smith, en Lower Street, 13.

-Nunca he oído tal nombre -dije.

-Quizá no, mi buen Watson. A lo mejor le sorprende saber que el hombre que más entiende en el mundo sobre esta enfermedad no es un médico, sino un plantador. El señor Culverton Smith es un conocido súbdito de Sumatra, que ahora se encuentra de viaje en Londres. Una irrupción de esta enfermedad en su plantación, que estaba muy lejos de toda ayuda médica, le hizo estudiarla él mismo, con consecuencias de gran alcance. Es una persona muy metódica, y no quise que se pusiera usted en marcha antes de las seis porque sabía muy bien que no lo encontraría en su estudio. Si pudiera persuadirle para que viniera aquí y nos hiciera beneficiarios de su experiencia impar en esta enfermedad, cuya investigación es su entretenimiento favorito, no dudo que me ayudaría.

Doy las palabras de Holmes como un todo consecutivo, y no voy a intentar reproducir cómo se interrumpían con jadeos tratando de recobrar el aliento y con apretones de manos que indicaban el dolor que sufría. Su aspecto había empeorado en las pocas horas que llevaba yo con él. Sus colores febriles estaban más pronunciados, los ojos brillaban más desde unos huecos más oscuros, y un sudor frío recorría su frente. Sin embargo, conservaba su confiada vivacidad de lenguaje. Hasta el último jadeo, seguiría siendo el jefe.

-Le dirá exactamente cómo me ha dejado -dijo-. Le transmitirá la misma impresión que hay en su mente, un agonizante, un agonizante que delira. En efecto, no puedo pensar por qué todo el cauce del océano no es una masa maciza de ostras, si tan prolíficas parecen. ¡Ah, estoy disparatando! ¡Qué raro, cómo el cerebro controla el cerebro! ¿Qué iba diciendo, Watson? Mis instrucciones para el señor Culverton Smith. Ah, sí, ya me acuerdo. Mi vida depende de eso. Convénzale, Watson. No hay buenas relaciones entre nosotros. Su sobrino, Watson…, sospechaba yo algo sucio y le permití verlo. El muchacho murió horriblemente. Tiene un agravio contra mí. Usted le ablandará, Watson. Ruéguele, pídaselo, tráigale aquí como sea. El puede salvarme, ¡sólo él!

-Le traeré un coche de punto, si le tengo que traer como sea.

-No haga nada de eso. Usted le convecerá para que venga. Y luego volverá antes que él. Ponga alguna excusa para no volver con él. No lo olvide, Watson. No me vaya a fallar. Usted nunca me ha fallado. Sin duda, hay enemigos naturales que limitan el aumento de las criaturas. Usted y yo, Watson, hemos hecho nuestra parte. ¿Va a quedar el mundo, entonces, invadido por las ostras? ¡No, no, es horrible! Transmítale todo lo que hay en su mente.

Le dejé con la imagen de ese magnífico intelecto balbuceando como un niño estúpido. El me había entregado la llave, y con una feliz ocurrencia, me la llevé conmigo, no fuera a cerrar él mismo. La señora Hudson esperaba, temblaba y lloraba en el pasillo. Detrás de mí, al salir del piso, oí la voz alta y fina de Holmes en alguna salmodia delirante. Abajo, mientras yo silbaba llamando a un coche de punto, se me acercó un hombre entre la niebla.

-¿Cómo está el señor Holmes? -preguntó.

Era un viejo conocido, el inspector Morton, de Scotland Yard, vestido con ropas nada oficiales.

-Está muy enfermo -contesté.

Me miró de un modo muy raro. Si no hubiera sido demasiado diabólico, podría haber imaginado que la luz del farol de gas mostraba exultación en su cara.

-Había oído rumores de eso -dijo.

El coche me esperaba ya y le dejé.

Lower Burke Street resultó ser una línea de bonitas casas extendidas en la vaga zona limítrofe entre Notting Hill y Kensington. La casa ante la cual se detuvo mi cochero tenía un aire de ufana y solemne respetabilidad en sus verjas de hierro pasadas de moda, su enorme puerta plegadiza y sus dorados relucientes. Todo estaba en armonía con un solemne mayordomo que apareció enmarcado en el fulgor rosado de una luz eléctrica coloreada que había detrás de él.

-Sí, el señor Culverton Smith está en casa. ¡El doctor Watson! Muy bien, señor, subiré su tarjeta.

Mi humilde nombre y mi título no parecieron impresionar al señor Culverton Smith. A través de la puerta medio abierta oí una voz aguda, petulante y penetrante:

-¿Quién es esa persona? ¿Qué quiere? Caramba, Staples, ¿cuántas veces tengo que decir que no quiero que me molesten en mis horas de estudio?

Hubo un suave chorro de respetuosas explicaciones por parte del mayordomo.

-Bueno, no lo voy a ver, Staples, no puedo dejar que se interrumpa así mi trabajo. No estoy en casa. Dígaselo. Dígale que venga por la mañana si quiere verme realmente.

Otra vez el suave murmullo.

-Bueno, bueno, déle ese recado. Puede venir por la mañana o puede no volver. Mi trabajo no tiene que sufrir obstáculos.

Pensé en Holmes revolviéndose en su lecho de enfermo, y contando los minutos, quizá, hasta que pudiera proporcionarle ayuda. No era un momento como para detenerse en ceremonias. Su vida dependía de mi prontitud. Antes de que aquél mayordomo, todo excusas, me entregara su mensaje, me abrí paso de un empujón, dejándole atrás, y estaba ya en el cuarto.

Con un agudo grito de cólera, un hombre se levantó de una butaca colocada junto al fuego. Vi una gran cara amarilla, de áspera textura y grasienta, de pesada sotabarba, y unos ojos huraños y amenazadores que fulguraban hacía mí por debajo de unas pobladas cejas color de arena. Su alargada cabeza calva llevaba una gorrita de estar en casa, de terciopelo, inclinada con coquetería hacia un lado de su curva rosada. El cráneo era de enorme capacidad, y sin embargo, bajando los ojos, vi con asombro que la figura de ese hombre era pequeña y frágil, y retorcida por los hombros y la espalda como quien ha sufrido raquitismo desde su infancia.

-¿Qué es esto? -gritó con voz aguda y chillona-. ¿Qué significa esa intrusión? ¿No le mandé recado de que viniera mañana por la mañana?

-Lo siento -dije-, pero el asunto no se puede aplazar. El señor Sherlock Holmes…

El pronunciar el nombre de mi amigo tuvo un extraordinario efecto en el hombrecillo. El aire de cólera desapareció en un momento de su cara, y sus rasgos se pusieron tensos y alertados.

-¿Viene de parte de Holmes? -preguntó.

-Acabo de dejarle.

-¿Qué hay de Holmes? ¿Cómo está?

-Está desesperadamente enfermo. Por eso he venido.

El hombre mi hizo señal de que me sentara en una butaca y se volvió para sentarse otra vez en la suya. Al hacerlo así, vislumbré un atisbo de su cara en el espejo de encima de la chimenea. Hubiera podido jurar que mostraba una maliciosa y abominable sonrisa. Pero me convencí de que debía ser alguna contracción nerviosa que yo había sorprendido, pues un momento después se volvió hacia mí con auténtica preocupación en sus facciones.

-Lamento saberlo -dijo-. Sólo conozco al señor Holmes a través de algunos asuntos de negocios que hemos tenido, pero siento gran respeto hacia su talento y su personalidad. Es un aficionado del crimen, como yo de la enfermedad. Para él, el delincuente; para mí, el microbio. Ahí están mis prisiones -continuó, señalando una hilera de botellas y tarros en una mesita lateral-. Entre esos cultivos de gelatina, están cumpliendo su condena algunos de los peores delincuentes del mundo.

-Por su especial conocimiento del tema, es por lo que deseaba verle el señor Holmes. Tiene una elevada opinión de usted, y pensó que era la única persona en Londres que podría ayudarle.

El hombrecillo se sobresaltó, y la elegante gorrita resbaló al suelo.

-¿Por qué? -preguntó-. ¿Por qué iba a pensar el señor Holmes que yo le podía ayudar en su dificultad?

-Por su conocimiento de las enfermedades orientales.

-Pero ¿por qué iba a pensar que esa enfermedad que ha contraído es oriental?

-Porque en unas averiguaciones profesionales, ha trabajado con unos marineros chinos en los muelles.

-El señor Culverton Smith sonrió agradablemente y recogió su gorrita.

-Ah, es eso -dijo-, ¿es eso? Confío en que el asunto no sea tan grave como usted supone. ¿Cuánto tiempo lleva enfermo?

-Unos tres días.

-¿Con delirios?

-De vez en cuando.

-¡Vaya, vaya! Eso parece serio. Sería inhumano no responder a su llamada. Lamento mucho esta interrupción en mi trabajo, doctor Watson, pero este caso ciertamente es excepcional. Iré con usted enseguida.

Recordé la indicación de Holmes.

-Tengo otro recado que hacer -dije.

-Muy bien. Iré solo. Tengo anotada la dirección del señor Holmes. Puede estar seguro de que estaré allí antes de media hora.

Volví a entrar en la alcoba de Holmes con el corazón desfalleciente. Tal como lo dejé, en mi ausencia podía haber ocurrido lo peor. Para mi enorme alivio, había mejorado mucho en el intervalo. Su aspecto era tan espectral como antes, pero había desaparecido toda huella de delirio y hablaba con una voz débil, en verdad, pero con algo de su habitual claridad y lucidez.

-Bueno, ¿le ha visto, Watson?

-Si, ya viene.

-¡Admirable, Watson! ¡Admirable! Es usted el mejor de los mensajeros.

-Deseaba volver conmigo.

-Eso no hubiera valido, Watson. Sería obviamente imposible. ¿Preguntó que enfermedad tenía yo?

-Le hablé de los chinos en el East End.

-¡Exactamente! Bueno, Watson, ha hecho todo lo que podía hacer un buen amigo. Ahora puede desaparecer de la escena.

-Debo esperar a oír su opinión, Holmes.

-Claro que debe. Pero tengo razones para suponer que esa opinión será mucho más franca y valiosa si se imaginara que estamos solos. Queda el sitio justo detrás de la cabecera de mi cama.

-¡Mi querido Holmes!

-Me temo que no hay alternativa, Watson. El cuarto no se presta a esconderse, pero es preciso que lo haga, en cuanto que es menos probable que despierte sospechas. Pero ahí mismo, Watson, se me antoja que podría hacerse el trabajo. -De repente se incorporó con rígida atención en su cara hosca-. Ya se oyen las ruedas, Watson. ¡Pronto, hombre, si de verdad me aprecia! Y no se mueva, pase lo que pase…, pase lo que pase, ¿me oye? ¡No hable! ¡No se mueva! escuche con toda atención.

Luego, en un momento, desapareció su súbito acceso de energía, y sus palabras dominantes y llenas de sentido se extinguieron en los sordos y vagos murmullos de un hombre delirante.

Desde el escondite donde me había metido tan rápidamente, oí los pasos por la escalera, y la puerta de la alcoba que se abría y cerraba. Luego, para mi sorpresa, hubo un largo silencio, roto sólo por el pesado aliento y jadeo del enfermo. Pude imaginar que nuestro visitante estaba de pie junto a la cama y miraba al que sufría. Por fin se rompió ese extraño silencio.

-¡Holmes! -gritó-. ¡Holmes! -con el tono insistente de quien despierta a un dormido-. ¿Me oye, Holmes? -Hubo un roce, como si hubiera sacudido bruscamente al enfermo por el hombro.

-¿Es usted, señor Smith? -susurró Holmes-. Apenas me atrevería a esperar que viniera.

El otro se rió.

-Ya me imagino que no -dijo-. Y sin embargo, ya ve que estoy aquí. ¡Remordimientos de conciencia!

-Es muy bueno de su parte, muy noble. Aprecio mucho sus especiales conocimientos.

Nuestro visitante lanzó una risita.

-Claro que sí. Por suerte, usted es el único hombre en Londres que los aprecia. ¿Sabe lo que le pasa?

-Lo mismo -dijo Holmes.

-¡Ah! ¿Reconoce los síntomas?

-De sobra.

-Bueno, no me extrañaría, Holmes. No me extrañaría que fuera lo mismo. Una mala perspectiva para usted si lo es. El pobre Víctor se murió a los cuatro días; un muchacho fuerte, vigoroso. Como dijo usted, era muy chocante que hubiera contraído una extraña enfermedad, que, además, yo había estudiado especialmente. Singular coincidencia, Holmes. Fue usted muy listo al darse cuenta, pero poco caritativo al sugerir que fuera causa y efecto.

-Sabía que lo hizo usted.

-¿Ah, sí? Bueno, usted no pudo probarlo, en todo caso. Pero ¿qué piensa de usted mismo, difundiendo informes así sobre mí, y luego arrastrándose para que le ayude en el momento en que está en apuros? Qué clase de juego es éste, ¿eh?

Oí el aliento ronco y trabajoso del enfermo.

-¡Déme agua! -jadeó.

-Está usted cerca de su fin, amigo mío, pero no quiero que se vaya hasta que tenga yo unas palabras con usted. Por eso le doy agua. Ea, ¡no la vierta por ahí! Está bien. ¿Entiende lo que le digo?

Holmes gimió.

-Haga por mí lo que pueda. Lo pasado, pasado -susurró-. Yo me quitaré de la cabeza esas palabras: juro que lo haré. Sólo cúreme y lo haré.

-Olvidará, ¿qué?

-Bueno, lo de la muerte de Víctor Savage. Usted casi reconoció que lo había hecho. Lo olvidaré.

-Puede olvidarlo o recordarlo, como le parezca. No le veo declarando en la tribuna de los testigos. Le veo entre otras maderas de forma muy diferente, mi buen Holmes, se lo aseguro. No me importa nada que sepa cómo murió mi sobrino. No es de él de quien hablamos. Es de usted.

-Sí, sí.

-El tipo que vino a buscarme, no recuerdo cómo se llama, dijo que había contraído esa enfermedad en el East End entre los marineros.

-Sólo así me lo puedo explicar.

-Usted está orgulloso de su cerebro, Holmes, ¿verdad? Se considera listo, ¿no? Esta vez se ha encontrado con otro más listo. Ahora vuelva la vista atrás, Holmes. ¿No se imagina de otro modo cómo podría haber contraído eso?

-No puedo pensar. He perdido la razón. ¡Ayúdeme, por Dios!

-Sí, le ayudaré. Le ayudaré a entender dónde está y cómo ha venido a parar a esto. Me gustaría que lo supiera antes de morir.

-Déme algo para aliviarme el dolor.

-Es doloroso, ¿verdad? Sí, los coolíes solían chillar un poco al final. Le entra como un espasmo, imagino.

-Sí, sí; es un espasmo.

-Bueno, de todos modos, puede oír lo que digo. ¡Escuche ahora! ¿No recuerda algún incidente desacostumbrado en su vida poco antes de que empezaran sus síntomas?

-No, no, nada.

-Vuelva a pensar.

-Estoy demasiado mal para pensar.

-Bueno, entonces, le ayudaré. ¿Le llegó algo por correo?

-¿Por correo?

-¿Una caja, por casualidad?

-Me desmayo. ¡Me muero!

-¡Escuche, Holmes! -hubo un ruido como si sacudiera al agonizante, y yo hice lo que pude para seguir callado en mi escondite-. Debe oírme. Me va a oír. ¿Recuerda una caja; una caja de marfil? Llegó el miércoles. Usted la abrió, ¿recuerda?

-Sí, sí, la abrí. Dentro había un resorte agudo. Alguna broma…

-No fue una broma, como verá a su propia costa. Idiota, usted se empeño y ya lo tiene. ¿Quién le mandó cruzarse en mi camino? Si me hubiera dejado en paz, yo no le habría hecho nada.

-Recuerdo -jadeó Holmes-. ¡El resorte! Me hizo sangre. Esa caja… está en la mesa.

-¡Esa misma, caramba! Y más vale que salga del cuarto en mi bolsillo. Aquí va su último jirón de pruebas. Pero ya tiene la verdad, Holmes, y puede morirse sabiendo que yo le maté. Usted sabía demasiado del destino de Víctor Savage, así que le he enviado a compartirlo. Está usted muy cerca de su final, Holmes. Me quedaré aquí sentado y le veré como se muere.

La voz de Holmes había bajado a un susurro casi inaudible.

-¿Qué es eso? -dijo Smith-. ¿Subir el gas? Ah, las sombras empiezan a caer, ¿verdad? Sí, lo subiré para que me vea mejor. -Cruzó el cuarto y la luz de repente se hizo más brillante-. ¿Hay algún otro servicio que pueda hacerle, amigo mío?

-Un fósforo y un cigarrillo.

Casi grité de alegría y asombro. Hablaba con su voz natural; un poco débil, quizá, pero la misma que yo conocía. Hubo una larga pausa y noté que Culverton estaba parado, mirando mudo de asombro a su compañero.

-¿Qué significa esto? -le oí decir al fin, en tono seco y ronco.

-El mejor modo de representar un personaje -dijo Holmes-. Le doy mi palabra de que desde hace tres días no he probado de comer ni de beber hasta que usted ha tenido la bondad de darme un vaso de agua. Pero el tabaco es lo que encuentro más molesto. Ah, ahí unos cigarrillos. -Oí rascar un fósforo-. Esto está mucho mejor. ¡Hola, hola! ¿Oigo los pasos de un amigo?

Fuera se oyeron unas pisadas, se abrió la puerta y apareció el inspector Morton.

-Todo está en orden y aquí tiene a su hombre -dijo Holmes.

El policía hizo las advertencias de rigor.

-Le detengo acusado del asesinato de un tal Víctor Savage -concluyo.

-Y podría añadir que por intento de asesinato de un tal Sherlock Holmes -observó mi amigo con una risita-. Para ahorrar molestias a un inválido, el señor Culverton Smith tuvo la bondad de dar nuestra señal subiendo el gas. Por cierto, el detenido tiene en el bolsillo derecho de la chaqueta una cajita que valdría más quitar de en medio. Gracias. Yo la trataría con cuidado si fuera usted. Déjela ahí. Puede desempeñar su papel en el juicio.

Hubo una súbita agitación y un forcejeo, seguido por un ruido de hierro y un grito de dolor.

-No conseguirá más que hacerse daño -dijo el inspector-. Estése quieto, ¿quiere?

Sonó el ruido de las esposas al cerrarse.

-¡Bonita trampa! -gritó la voz aguda y gruñona-. Esto le llevará al banquillo a usted, Holmes, no a mí. Me pidió que viniera aquí a curarle. Me compadecí y vine. Ahora sin duda inventará que he dicho algo para apoyar sus sospechas demenciales. Puede mentir como guste, Holmes. Mi palabra es tan buena como la suya.

-¡Válgame Dios! -gritó Holmes-. Se me había olvidado del todo. Mi quiero Watson, le debo mil excusas. ¡Pensar que le he pasado por alto! No necesito presentarle al señor Culverton Smith, ya que entiendo que le ha conocido antes, esta tarde. ¿Tiene abajo el coche a punto? Le seguiré en cuanto me vista; quizá sea útil en la comisaría.

»Nunca me había hecho más falta -dijo Holmes, mientras se reanimaba con un vaso de borgoña y unas galletas, en los intervalos de su arreglo-. De todos modos, como usted sabe, mis costumbres son irregulares, y tal hazaña significa que mí menos que para la mayoría de los hombres. Era esencial que hiciera creer a la señora Hudson en la realidad de mi situación, puesto que ella debía de transmitírsela a usted. ¿No se habrá ofendido, Watson? Se dará cuenta de que, entre sus muchos talentos, no hay lugar para el disimulo. Nunca habría sido capaz de darle a Smith la impresión de que su presencia era urgentemente necesaria, lo cual era el punto vital de todo el proyecto. Conociendo su naturaleza vengativa, seguro que vendría a ver su obra.

-Pero ¿y su aspecto, Holmes, su cara fantasmal?

-Tres días de completo ayuno no mejoran la belleza de uno, Watson. Por lo demás, pasando una esponja con vaselina por la frente y poniendo belladona en los ojos, colorete en los pómulos y costras de cera en los labios, se puede producir un efecto muy satisfactorio. Fingir enfermedades es un tema sobre el que he pensado a veces escribir una monografía. Un poco de charla ocasional sobre medias coronas, ostras o cualquier otro tema extraño produce suficiente impresión de delirio.

-Pero, ¿por qué no me quiso dejar que me acercara, puesto que en realidad no había infección?

-¿Y usted lo pregunta, querido Watson? ¿Se imagina que no tengo respeto a su talento médico? ¿Podía imaginar yo que su astuto juicio iba a aceptar a un agonizante que, aunque débil, no tenía el pulso ni la temperatura anormales? A cuatro pasos se le podía engañar. Si no conseguía engañarle, ¿quién iba a traer a Smith a mi alcance? No, Watson, yo no tocaría esa caja. Puede ver, si la mira de lado, el resorte agudo que sale cuando se abre, como un colmillo de víbora. Me atrevo a decir que fue con un recurso así con lo que halló la muerte el pobre Savage, que se interponía entre ese monstruo y una herencia. Sin embargo, como sabe, mi correspondencia es muy variada, y estoy un tanto en guardia contra cualquier paquete que me llegue. Pero me pareció que fingiendo que él había conseguido realmente su propósito, podría arrancarle una confesión. Y he realizado ese proyecto con la perfección del verdadero artista. Gracias, Watson, tiene que ayudarme a ponerme la chaqueta. Cuando hayamos acabado en la comisaría, creo que no estaría de más tomar algo nutritivo en Simpson’s.

La aventura de los tres estudiantes, de Sir Arthur Conan Doyle

En el año 95, una sucesión de acontecimientos sobre los que no es preciso entrar en detalles nos llevó a Sherlock Holmes y a mí a pasar unas semanas en una de nuestras grandes ciudades universitarias, y durante este tiempo nos aconteció la pequeña pero instructiva aventura que me dispongo a relatar. Como fácilmente se comprende, todo detalle que pudiera ayudar al lector a identificar con exactitud la universidad o al criminal, resultaría improcedente y ofensivo. Lo mejor que se puede hacer con un escándalo tan penoso es que caiga en el olvido. Sin embargo, con la debida discreción, se puede referir el incidente en sí, ya que permite poner de manifiesto algunas de las cualidades que dieron fama a mi amigo. Así pues, procuraré evitar en mi narración la mención de detalles que pudieran servir para localizar los hechos en un lugar concreto o dar indicios sobré la identidad de las personas implicadas.

Residíamos por entonces en unas habitaciones amuebladas, cerca de una biblioteca en la que Sherlock Holmes estaba realizando laboriosas investigaciones sobre documentos legales de la antigua Inglaterra...., investigaciones que condujeron a resultados tan sorprendentes que bien pudieran servir de tema de una de mis futuras narraciones. Allí recibimos una tarde la visita de un conocido, el señor Hilton Soames, profesor y tutor del colegio universitario de San Lucas. El señor Soames era un hombre alto y enjuto, de temperamento nervioso y excitable. Yo siempre había sabido que se trataba de una persona inquieta, pero en esta ocasión se encontraba en tal estado de agitación incontrolable que resultaba evidente que había ocurrido algo muy anormal.

-Confío, señor Holmes, en que pueda usted dedicarme unas horas de su valioso tiempo. Nos ha ocurrido un incidente muy lamentable en San Lucas v, la verdad, de no ser por la feliz coincidencia de que se encuentre usted en la ciudad, no habría sabido qué hacer.

-Ahora mismo estoy muy ocupado y no quiero distracciones -respondió mi amigo-. Preferiría, con mucho, que solicitara usted la ayuda de la policía.

-No, no, amigo mío; bajo ningún concepto podemos hacer eso. Una vez que se recurre a la ley, ya no es posible detener su marcha, y se trata de uno de esos casos en los que, por el prestigio del colegio, resulta esencial evitar el escándalo. Usted es tan conocido por su discreción como por sus facultades, y es el único hombre del mundo que puede ayudarme. Le ruego, señor Holmes, que haga lo que pueda.

El carácter de mi amigo no había mejorado al verse privado de sus acogedores aposentos de Baker Street. Sin sus cuadernos de notas, sus productos químicos y su confortable desorden se sentía incómodo. Se encogió de hombros con un gesto de forzada aceptación, mientras nuestro visitante exponía su historia con frases precipitadas y toda clase de nerviosas gesticulaciones.

-Tengo que explicarle, señor Holmes, que mañana es el primer día de exámenes para la beca Fortescue. Yo soy uno de los examinadores. Mi asignatura es el griego, y la primera prueba consiste en traducir un largo fragmento de texto en griego, que el candidato no ha visto antes. Este texto está impreso en el papel de examen y, como es natural, el candidato que pudiera prepararlo por anticipado contaría con una inmensa ventaja. Por esta razón, ponemos mucho cuidado en mantener en secreto el ejercicio.

»Hoy, a eso de las tres, llegaron de la imprenta las pruebas de este examen. El ejercicio consiste en traducir medio capítulo de Tucídides [1]. Tuve que leerlo con atención, ya que el texto debe ser absolutamente correcto. A las cuatro y media todavía no había terminado. Sin embargo, había prometido tomar el té en la habitación de un amigo, así que dejé las pruebas en mi despacho. Estuve ausente más de una hora. Como sabrá usted, señor Holmes, las habitaciones de nuestro colegio tienen puertas dobles: una forrada de bayeta verde por dentro y otra de roble macizo por fuera. Al acercarme a la puerta exterior de mi despacho vi con asombro una llave en la cerradura. Por un instante pensé que había dejado olvidada allí mi propia llave, pero al palpar en mi bolsillo comprobé que estaba en su sitio. Que yo sepa, la única copia que existía era la de mi criado, Bannister, un hombre que lleva diez años encargándose de mi cuarto y cuya honradez está por encima de toda sospecha. En efecto, comprobé que se trataba de su llave, que había entrado en mi habitación para preguntarme si quería té, y que al salir se había dejado olvidada la llave en la cerradura. Debió de llegar a mi cuarto muy poco después de salir yo de él. Su descuido con la llave no habría tenido la menor importancia en otra ocasión cualquiera, pero en este día concreto ha tenido unas consecuencias de lo más deplorables.

[1] Tucídides (460-400 a.C.), célebre historiador griego, autor de la Historia de la Guerra del Peloponeso, un texto muy conocido por los estudiantes de griego. En realidad, el estudiante tramposo no tenía necesidad de copiar el texto del examen; le habría bastado con tomar algunas referencias que le permitieran identificar el fragmento, para luego localizarlo en el libro.

»En cuanto miré al escritorio, me di cuenta de que alguien había estado revolviendo mis papeles. Las pruebas venían en tres largas tiras de papel. Yo las había dejado juntas, y ahora una estaba tirada en el suelo, otra en una mesita cerca de la ventana y la tercera seguía donde yo la había dejado.

Holmes dio muestras de interés por primera vez.

-La primera página del texto, en el suelo; la segunda, en la ventana; y la tercera, donde usted la dejó -dijo.

-Exacto, señor Holmes. Me asombra usted. ¿Cómo es posible que sepa eso?

-Por favor, continúe con su interesantísima exposición.

-Por un momento pensé que Bannister se había tomado la imperdonable libertad de examinar mis papeles. Sin embargo, él lo negó de la manera más terminante, y estoy convencido de que decía la verdad. La otra posibilidad es que alguien, al pasar, advirtiera la llave en la puerta y, sabiendo que yo no estaba, hubiera entrado para mirar los papeles. Está en juego una considerable suma de dinero, ya que la beca es muy elevada, y una persona sin escrúpulos podría muy bien correr un riesgo para obtener una ventaja sobre sus compañeros.

»A Bannister le afectó mucho el incidente. Estuvo a punto de desmayarse cuando comprobamos, sin ningún género de dudas, que alguien había estado enredando con los papeles. Le di un poco de brandy y lo dejé desplomado en un sillón mientras yo inspeccionaba con más detenimiento la habitación. No tardé en descubrir que el intruso había dejado otras huellas de su presencia, además de los papeles revueltos. En la mesa de la ventana había varias virutas de un lápiz al que habían sacado

punta. También encontré un trozo de mina rota. Evidentemente, el muy granuja había copiado el texto a toda prisa se le había roto la mina del lápiz y se había visto obligado a sacarle punta de nuevo.

-¡Excelente! -exclamó Holmes, que empezaba a recuperar su buen humor a medida que el caso iba captando su atención-. Ha tenido usted mucha suerte.

-Eso no es todo. Tengo un escritorio nuevo, con una superficie perfecta, de cuero rojo. Estoy dispuesto a jurar, y Bannister también, que estaba impecable y sin ninguna mancha. Y ahora me encuentro que tiene un corte limpio de unas tres pulgadas de largo[2], no un simple arañazo, sino un corte con todas las de la de ley. Y no sólo eso: también encontré en la mesa una bolita de masilla o arcilla negra, con motitas que parecen de serrín. Estoy convencido de que todos esos rastros los dejó el hombre que estuvo husmeando en los papeles. No encontramos huellas de pisadas ni ningún otro indicio sobre su identidad. Yo ya no sabía qué hacer, cuando de pronto me acordé de que usted estaba en la ciudad, y he venido de inmediato a poner el asunto en sus manos. ¡Ayúdeme, señor Holmes! Dése usted cuenta de mi problema: o descubro quién ha sido o tendremos que aplazar el examen hasta que preparemos nuevos ejercicios, y como esto no se puede hacer sin dar explicaciones, nos veremos envueltos en un desagradable escándalo, que arrojará una mancha no sólo sobre el colegio, sino sobre la universidad entera. Por encima de todo, es preciso solucionar este asunto callada y discretamente.

[2] Siete centímetros y medio.

-Tendré mucho gusto en echarle un vistazo y ofrecerle los consejos que pueda -dijo Holmes, levántándose y poniéndose el abrigo-. Este caso no carece por completo de interés. ¿Fue alguien a visitarle a su habitación después de que recibiera usted los exámenes?

-Sí, el joven Daulat Ras, un estudiante indio que vive en la misma escalera, vino a preguntarme algunos detalles acerca del examen.

-¿Se presenta él al examen? -Sí.

-¿Y los papeles estaban encima de su mesa?

-Estoy casi seguro de que estaban enrollados.

-¿Pero se notaba que eran pruebas de imprenta?

-Es posible.

-¿No había nadie más en su habitación?

-No.

-¿Sabía alguien que las pruebas estaban allí?

-Nadie más que el impresor.

-¿Lo sabía ese tal Bannister?

-No, seguro que no. No lo sabía nadie.

-¿Dónde está Bannister ahora?

-El pobre hombre está muy enfermo. Lo dejé tirado en un sillón, porque tenía mucha urgencia por venir a verle a usted.

-¿Ha dejado la puerta abierta?

-Antes guardé las pruebas bajo llave.

-Entonces, señor Soames, la cosa se reduce a eso: a menos que el estudiante indio se diera cuenta de que aquel rollo eran las pruebas del examen, el hombre que estuvo husmeando las encontró por casualidad, sin saber que estaban allí.

-Eso me parece a mí.

Holmes exhibió una sonrisa enigmática.

-Bien -dijo-. Vayamos a ver. Este caso no es para usted, Watson; es mental, no físico. De acuerdo, si se empeña puede venir. Señor Soames, estamos a su disposición.

-El cuarto de estar de nuestro cliente tenía una ventana larga y baja con celosía, que daba al patio del antiguo colegio, con sus viejas paredes cubiertas de líquenes. Una puerta gótica daba acceso a una gastada escalera de piedra. La habitación del profesor se encontraba en la planta baja. Encima residían tres estudiantes, uno en cada piso. Estaba casi anocheciendo cuando llegamos a la escena del misterio. Holmes se detuvo y observó con interés la ventana. Se acercó a ella y, poniéndose de puntillas y estirando el cuello, miró al interior de la habitación.

-Tiene que haber entrado por la puerta. Por aquí no hay más abertura que la de un panel de cristal -dijo nuestro erudito guía.

-Vaya por Dios -dijo Holmes, mirando a nuestro acompañante con una curiosa sonrisa-. Bien, pues si aquí no podemos averiguar nada, más vale que entremos.

El profesor abrió la puerta exterior y nos invitó a pasar a su habitación. Nos quedamos en el umbral mientras Holmes examinaba la alfombra.

-Me temo que aquí no hay huellas -dijo-. Ya sería difícil que las hubiera con un día tan seco. Parece que su sirviente se ha recuperado. Ha dicho usted que lo dejó en un sillón. ¿En cuál?

-En éste que está junto a la ventana.

-Ya veo. Cerca de esta mesita. Ya pueden entrar, he terminado con la alfombra. Veamos primero la mesa pequeña. Desde luego, está muy claro lo que ha ocurrido. El tipo entró y cogió los papeles, hoja por hoja, de la mesa del centro. Los trajo a esta mesa, junto a la ventana, porque desde aquí podía ver si se acercaba usted por el patio, y tendría tiempo de escapar.

-Pues, en realidad, no podía verme -dijo Soames-, porque entré por la puerta lateral.

-¡Ah! ¡Eso está muy bien! De todos modos, eso es lo que él pensaba. Déjeme ver las tres tiras de papel. No hay huellas de dedos, no señor. Vamos a ver, cogió primero ésta y la copió.

¿Cuánto tiempo pudo tardar en hacerlo, utilizando todas las abreviaturas posibles? Como mínimo, un cuarto de hora. Una vez copiada, la tiró al suelo y cogió la segunda tira. Debía de ir por la mitad cuando usted regresó y él tuvo que retirarse a toda prisa..., con muchísima prisa, puesto que no tuvo tiempo de colocar los papeles en su sitio, para que usted no advirtiera que aquí había estado alguien. ¿No oyó usted pasos precipitados por la escalera al entrar?

-Pues la verdad es que no.

-Bien. Escribió con tal frenesí que se le rompió la mina del lápiz y, como usted ya había observado, tuvo que sacarle punta. Esto es interesante, Watson. El lápiz era de marca, de tamaño más o menos normal, con mina blanda; azul por fuera, con el nombre del fabricante en letras de plata, y la parte que queda no tendrá más que una pulgada y media de longitud. Busque ese lápiz, señor Soames, y tendrá a su hombre. Como pista adicional, le diré que posee una navaja grande y muy poco afilada.

El señor Soames quedó algo abrumado por esta avalancha de información.

-Todo lo demás lo entiendo -dijo-, pero, la verdad, ese detalle de la longitud...

Holmes esgrimió una pequeña viruta con las letras NN y un espacio en blanco detrás.

-¿Lo ve?

-No, me temo que ni aun así...

-Watson, he sido siempre injusto con usted. Hay otros iguales. ¿Qué podrían significar estas NN? Están al final de una palabra. Como todo el mundo sabe, Johann Faber es el fabricante de lápices más conocido. ¿No resulta evidente que lo que queda del lápiz es sólo lo que viene detrás de « Johann»? -inclinó la mesita de lado para que le diera la luz eléctrica y continuó-: Confiaba en que hubiera utilizado un papel lo bastante fino como para que quedara alguna marca en esta superficie pulida. Pero no, no veo nada. No creo que saquemos nada más de aquí. Veamos ahora la mesa del centro. Supongo que este pegote es la masilla negra que usted mencionó. De forma más o menos

piramidal y ahuecada, por lo que veo. Como bien dijo usted, parece haber granitos de serrín incrustados. Vaya, vaya, esto es muy interesante. Y el corte..., un buen tajo, sí señor. Empieza con un fino rasguño y acaba en un auténtico desgarrón. Señor Soames, estoy en deuda con usted por haber dirigido mi atención hacia este caso. ¿Adónde da esa puerta?

-A mi alcoba

-¿Ha entrado usted ahí después del suceso?

-No, fui directamente a buscarle a usted.

-Me gustaría echar un vistazo. ¡Qué bonita habitación al estilo antiguo! ¿Le importaría aguardar un momento mientras examino el suelo? No, no veo nada. ¿Qué es esa cortina? Ah, cuelga usted su ropa detrás. Si alguien se viera obligado a esconderse en esta habitación, tendría que hacerlo aquí, porque la cama es demasiado baja y el armario tiene muy poco fondo. Supongo que no habrá nadie aquí...

Cuando Holmes descorrió la cortina pude advertir, por una cierta rigidez y actitud de alerta en su postura, que estaba en guardia contra cualquier emergencia. Pero lo cierto es que detrás de la cortina no se ocultaban más que tres o cuatro trajes, colgados de una hilera de perchas. Holmes se dio la vuelta _v, de pronto, se agachó hacia el suelo.

-¡Caramba! ¿Qué es esto?

Se trataba de una pequeña pirámide, hecha con una especie de masilla negra, exactamente igual a la que había sobre la mesa del despacho. Holmes la sostuvo en la palma de la mano y la acercó a la luz eléctrica.

-Parece que su visitante ha dejado rastros en su alcoba, y no sólo en su cuarto de estar, señor Soames.

-¿Qué podía buscar aquí?

-Creo que está muy claro. Usted regresó por un camino inesperado y él no se percató de su llegada hasta que usted estaba va en la misma puerta. ¿Qué podía hacer? Recogió todo lo que pudiera delatarle y corrió a esconderse en el dormitorio.

-¡Cielo santo, señor Holmes! No me diga que todo el tiempo que estuve aquí hablando con Bannister tuvimos atrapado a ese individuo, sin nosotros saberlo.

-Así lo veo yo.

-Tiene que existir otra alternativa, señor Holmes. No sé si se ha fijado usted en la ventana de mi alcoba.

-Con celosía, junquillos de plomo, tres paneles separados,

uno de ellos con bisagras para abrirlo y lo bastante grande para que pase un hombre.

-Exacto. Y da a un rincón del patio, de manera que queda casi invisible. El tipo pudo haber entrado por aquí, dejó ese rastro al cruzar el dormitorio y después, al encontrar la puerta abierta, escapó por ella.

-Seamos prácticos -dijo-. Me pareció entender que hay tres estudiantes que utilizan esta escalera y pasan habitualmente por delante de su puerta.

-En efecto.

-¿Y lo tres se presentan a este examen?

-Sí.

-¿Tiene usted razones para sospechar de alguno de ellos más que de los otros?

Soames vaciló.

-Se trata de una pregunta muy delicada. No me gusta difundir sospechas cuando no existen pruebas.

-Oigamos las sospechas. Ya buscaré yo las pruebas. -En tal caso, le explicaré en pocas palabras el carácter de los tres hombres que residen en esas habitaciones. En la primera planta está Gilchrist, muy buen estudiante y atleta; juega en el equipo de rugby y en el de cricket del colegio, y representó a la universidad en vallas y salto de longitud. Un joven agradable y varonil. Su padre era el famoso sir Jabez Gilchrist, que se arruinó en las carreras. Mi alumno quedó en la pobreza, pero es muy aplicado y trabajador y saldrá adelante.

»En la segunda planta vive Daulat Ras, el indio. Un tipo callado e inescrutable, como la mayoría de los indios. Lleva muy bien sus estudios, aunque el griego es su punto débil. Es serio y metódico.

»El piso alto corresponde a Miles McLaren. Un tipo brillante cuando le da por trabajar..., uno de los mejores cerebros de la universidad; pero es inconstante, disoluto y carece de principios. En su primer año estuvo a punto de ser expulsado por un escándalo de cartas. Se ha pasado todo el curso holgazaneando y no debe sentirse muy tranquilo ante este examen.

-En otras palabras, usted sospecha de él.

-No me atrevería a decir tanto. Pero, de los tres, sería quizás el menos improbable.

-Exacto. Y ahora, señor Soames, veamos cómo es su sirviente, Bannister.

Bannister resultó ser un hombrecillo de unos cincuenta años, pálido, bien afeitado y de cabellos grises. Todavía no se había recuperado de aquella brusca perturbación de la tranquila rutina de su vida. Sus fofas facciones temblaban con espasmos nerviosos y sus dedos no podían estarse quietos.

-Estamos investigando este lamentable incidente, Bannister -dijo el profesor.

-Sí, señor.

-Tengo entendido -dijo Holmes- que dejó usted su llave olvidada en la cerradura.

-Sí, señor.

-¿No es muy extraño que le ocurra eso precisamente el día en que estaban aquí esos papeles?

-Ha sido una gran desgracia, señor. Pero ya me ha ocurrido alguna otra vez.

-¿A qué hora entró usted en la habitación?

-A eso de las cuatro y media. La hora del té del señor Soames.

-¿Cuánto tiempo estuvo dentro?

-Al ver que él no estaba, salí inmediatamente.

-¿Miró usted los papeles de encima de la mesa?

-No, señor, le aseguro que no.

-¿Cómo pudo dejarse la llave en la puerta?

-Llevaba en las manos la bandeja del té, y pensé volver luego a recoger la llave. Pero se me olvidó.

-¿La puerta de fuera tiene picaporte?

-No, señor.

-¿De manera que permaneció abierta todo el tiempo?

-Sí, señor.

-Cuando regresó el señor Soames y le llamó, ¿se alteró usted mucho?

-Sí, señor. En todos los años que llevo aquí, que son muchos, nunca había sucedido una cosa así. Estuve a punto de desmayarme, señor.

-Eso tengo entendido. ¿Dónde estaba usted cuando empezó a sentirse mal?

-¿Que dónde estaba? Pues aquí mismo, cerca de la puerta.

-Es muy curioso, porque fue a sentarse en aquel sillón que hay junto al rincón. ¿Por qué no se sentó en cualquiera de estas otras sillas?

-No lo sé, señor. Ni me fijé en dónde me sentaba.

-No creo que se fijara en nada, señor Holmes -dijo Soames-. Tenía muy mal aspecto..., completamente cadavérico.

-¿Se quedó usted aquí cuando se marchó el profesor?

-Nada más que un minuto o cosa así. Luego cerré la puerta con llave y me fui a mi habitación.

-¿De quién sospecha usted?

-Ay señor, no sabría decirle. No creo que haya en esta universidad un caballero capaz de hacer algo así para obtener ventaja. No, señor, no lo creo.

-Gracias. Con eso basta -dijo Holmes-. Ah, sí, una cosa más. ¿No le habrá usted dicho a ninguno de los tres caballeros que usted atiende que algo va mal, verdad?

-No, señor; ni una palabra.

-¿Ha visto a alguno de ellos? -No, señor.

-Muy bien. Y ahora, señor Soames, si le parece bien, daremos un paseo por el patio.

Tres cuadrados de luz amarilla brillaban sobre nosotros en medio de la creciente oscuridad.

-Sus tres pájaros están todos en sus nidos -dijo Holmes, mirando hacia arriba- ¡Vaya! ¿Qué es eso? Uno de ellos parece bastante inquieto.

Se trataba del indio, cuya oscura silueta había aparecido de pronto a través de los visillos, dando rápidas zancadas de un lado a otro de la habitación.

-Me gustaría echarles un vistazo en sus habitaciones -dijo Holmes-. ¿Sería posible?

-Sin ningún problema -respondió Soames-. Este conjunto de habitaciones es el más antiguo del colegio, y no es raro que vengan visitantes a verlas. Acompáñenme y yo mismo les serviré de guía.

-Nada de nombres, por favor -dijo Holmes mientras llamábamos a la puerta de Gilchrist.

La abrió un joven alto, delgado y de cabello pajizo, que nos dio la bienvenida al enterarse de nuestros propósitos. La habitación contenía algunos detalles verdaderamente curiosos de arquitectura doméstica medieval. Holmes quedó tan encantado que se empeñó en dibujarlo en su cuaderno de notas; durante la operación, se le rompió la mina del lápiz, tuvo que pedir uno prestado a nuestro joven anfitrión y, por último, le pidió prestada una navaja para sacarle punta a su lápiz. El mismo curioso incidente le volvió a ocurrir en las habitaciones del indio, un individuo pequeño y callado, con nariz aguileña, que nos miraba de reojo y no disimuló su alegría cuando Holmes dio por terminados sus estudios arquitectónicos. En ninguno de los dos casos me pareció que Holmes hubiera encontrado la pista que andaba buscando. En cuanto a nuestra tercera visita, quedó frustrada. La puerta exterior no se abrió a nuestras llamadas, y lo único positivo que nos llegó del otro lado fue un torrente de palabrotas.

-¡Me tiene sin cuidado quién sea! ¡Pueden irse al infierno! -rugió una voz iracunda-. ¡Mañana es el examen y no puedo perder el tiempo con nadie.

-¡Qué grosero! -dijo nuestro guía, rojo de indignación, mientras bajábamos por la escalera-. Naturalmente, no se daba cuenta de que era yo quien llamaba, pero aun así su conducta resulta impresentable y, dadas las circunstancias, bastante sospechosa.

La reacción de Holmes fue muy curiosa.

-¿Podría usted decirme la estatura exacta de este joven? -preguntó.

-La verdad, señor Holmes, no sabría qué decirle. Es más alto que el indio, aunque no tanto como Gilchrist. Supongo que alrededor de cinco pies y seis pulgadas [3].

[3] Aproximadamente, un metro setenta.

-Eso es muy importante -dijo Holmes-. Y ahora, señor Soames, le deseo a usted buenas noches.

Nuestro guía expresó a voces su sorpresa y desencanto.

-¡Santo cielo, señor Holmes! ¡No irá usted a dejarme así de repente! Me parece que no se da usted cuenta de la situación. El examen es mañana. Tengo que tomar alguna medida concreta esta misma noche. No puedo permitir que se celebre el examen si uno de los ejercicios está amañado. Hay que afrontar la situación.

-Tiene que dejar las cosas como están. Mañana me pasaré por aquí a primera hora de la mañana y hablaremos del asunto. Es posible que para entonces me encuentre en condiciones de sugerirle alguna línea de actuación. Mientras tanto, no cambie usted nada; absolutamente nada.

-Muy bien, señor Holmes.

-Y quédese tranquilo. No le quepa duda de que encontraremos la manera de solucionar sus dificultades. Me voy a llevar la masilla negra, y también las virutas de lápiz. Adiós.

Cuando volvimos a salir a la oscuridad del patio miramos de nuevo las ventanas. El indio seguía dando paseos por la habitación. Los otros dos estaban invisibles.

-Bien, Watson, ¿qué le parece? -preguntó Holmes en cuanto salimos a la calle-. Es como un juego de salón, algo así como el truco de las tres cartas, ¿no cree? Ahí tiene usted a sus tres hombres. Tiene que ser uno de ellos. Elija. ¿Por cuál se decide?

-El individuo mal hablado del último piso. Es el que tiene el peor historial. Sin embargo, ese indio también parece un buen pájaro. ¿Por qué estará dando vueltas por el cuarto sin parar?

-Eso no quiere decir nada. Muchas personas lo hacen cuando están intentando aprenderse algo de memoria.

-Nos miraba de una manera muy rara.

-Lo mismo haría usted si le cayese encima una manada de desconocidos cuando estuviera preparando un examen para el día siguiente y no pudiera perder ni un minuto. No, eso no me dice nada. Además, los lápices y las cuchillas..., todo estaba como es debido. El que sí me intriga es ese individuo...

-¿Quién?

-Hombre, pues Bannister, el sirviente. ¿Qué pinta él en este asunto?

-A mí me dio la impresión de ser un hombre completamente honrado.

-A mí también, y eso es lo que me intriga. ¿Por qué iba un hombre completamente honrado a... Bueno, bueno, aquí tenemos una papelería importante. Comenzaremos aquí nuestras investigaciones.

En la ciudad sólo había cuatro papelerías de cierta importancia, y en cada una de ellas Holmes exhibió sus virutas de lápiz y ofreció un alto precio por un lápiz igual. En todas le dijeron que podían encargarlo, pero que se trataba de un tamaño poco corriente y casi nunca tenían existencias. El fracaso no pareció deprimir a mi amigo, que se encogió de hombros con una resignación casi divertida.

-No hay nada que hacer, querido Watson. Esta pista, que era la mejor y la más concluyente, no ha conducido a nada. Aunque, la verdad, estoy casi seguro de que, aun sin ella, podremos elaborar una explicación suficiente. ¡Por Júpiter! Querido amigo, son casi las nueve, y nuestra patrona dijo algo acerca de guisantes a las siete v media. Estoy viendo, Watson, que con esa manía de fumar constantemente y esa irregularidad en las comidas, van a acabar por pedirle que se largue, y yo compartiré su caída en desgracia..., aunque no antes de que haya resuelto el problema del profesor nervioso, el sirviente descuidado y los tres intrépidos estudiantes.

Holmes no volvió a hacer ningún comentario sobre el caso aquel día, aunque permaneció sentado y sumido en reflexiones durante mucho rato, después de nuestra retrasada cena. A las

ocho de la mañana siguiente entró en mi habitación cuando yo estaba terminando de asearme.

-Bien, Watson -dijo-. Es hora de ir a San Lucas. ¿Puede prescindir del desayuno?

-Desde luego.

-Soames estará hecho un manojo de nervios hasta que podamos decirle algo concreto.

-¿Y tiene usted algo concreto que decirle?

-Creo que sí.

-¿Ha llegado ya a alguna conclusión?

-Sí, querido Watson; he solucionado el misterio.

-Pero... ¿qué nuevas pistas ha podido encontrar?

-¡Ah! No en vano me he levantado de la cama a horas tan intempestivas como las seis de la mañana. He invertido dos horas de duro trabajo y he recorrido no menos de cinco millas, pero algo he sacado en limpio. ¡Fíjese en esto!

Extendió la mano, y en la palma tenía tres pequeñas pirámides de masilla negra.

-¡Caramba, Holmes, ayer sólo tenía dos!

-Y esta mañana he conseguido otra. No parece muy aventurado suponer que la fuente de origen del número tres sea la misma que la de los números uno y dos. ¿No cree, Watson? Bueno, pongámonos en marcha y libremos al amigo Soames de su tormento.

Efectivamente, el desdichado profesor se encontraba en un estado nervioso lamentable cuando llegamos a sus habitaciones. En unas pocas horas comenzarían los exámenes, y él todavía vacilaba entre dar a conocer los hechos o permitir que el culpable optase a la sustanciosa beca. Tan grande era su agitación mental que no podía quedarse quieto, y corrió hacia Holmes con las manos extendidas en un gesto de ansiedad.

-¡Gracias a Dios que ha venido! Llegué a temer que se hubiera desentendido del caso. ¿Qué hago? ¿Seguimos adelante con el examen?

-Sí, sí; siga adelante, desde luego.

-Pero... ¿y ese granuja?

-No se presentará.

-¿Sabe usted quién es?

-Creo que sí. Puesto que el asunto no se va a hacer público, tendremos que atribuirnos algunos poderes y decidir por nuestra cuenta, en un pequeño consejo de guerra privado. ¡Colóquese ahí, Soames, haga el favor! ¡Usted ahí, Watson! Yo ocuparé este sillón del centro. Bien, creo que ya parecemos lo bastante impresionantes como para infundir terror en un corazón culpable. ¡Haga el favor de tocar la campanilla!

Bannister acudió a la llamada y reculó con evidente sorpresa y temor ante nuestra pose judicial.

-Haga el favor de cerrar la puerta -dijo Holmes-. Y ahora, Bannister, ¿será tan amable de decirnos la verdad acerca del incidente de ayer?

El hombre se puso pálido hasta las raíces del pelo.

-Se lo he contado todo, señor.

-¿No tiene nada que añadir?

-Nada en absoluto, señor.

-En tal caso, tendré que hacerle unas cuantas sugerencias. Cuando se sentó ayer en ese sillón, ¿no lo haría para esconder algún objeto que habría podido revelar quién estuvo en la habitación?

La cara de Bannister parecía la de un cadáver.

-No, señor; desde luego que no.

-Era sólo una sugerencia -dijo Holmes en tono suave-. Reconozco francamente que no puedo demostrarlo. Pero parece bastante probable si consideramos que en cuanto el señor Soames volvió la espalda usted dejó salir al hombre que estaba escondido en esa alcoba.

Bannister se pasó la lengua por los labios resecos.

-No había ningún hombre.

-¡Qué pena, Bannister! Hasta ahora, podría ser que hubiera dicho la verdad, pero ahora me consta que ha mentido.

El rostro de Bannister adoptó una expresión de huraño desafío.

-No había ningún hombre, señor.

-Vamos, vamos, Bannister.

-No, señor; no había nadie.

-En tal caso, no puede usted proporcionarnos más información. ¿Quiere hacer el favor de quedarse en la habitación? Póngase ahí, junto a la puerta del dormitorio. Ahora, Soames, le voy a pedir que tenga la amabilidad de subir a la habitación del joven Gilchrist y le diga que baje aquí a la suya.

Un minuto después, el profesor regresaba, acompañado del estudiante. Era éste un hombre con una figura espléndida, alto, esbelto y ágil, de paso elástico y con un rostro atractivo y sincero. Sus preocupados ojos azules vagaron de uno a otro de nosotros, y por fin se posaron con una expresión de absoluto desaliento en Bannister, situado en el rincón más alejado.

-Cierre la puerta -dijo Holmes-. Y ahora, señor Gilchrist, estamos solos aquí, y no es preciso que nadie se entere de lo que ocurre entre nosotros, de manera que podemos hablar con absoluta franqueza. Queremos saber, señor Gilchrist, cómo es posible que usted, un hombre de honor, haya podido cometer una acción como la de ayer.

El desdichado joven retrocedió tambaleándose, y dirigió a Bannister una mirada llena de espanto y reproche.

-¡No, no, señor Gilchrist! ¡Yo no he dicho una palabra! ¡Ni una palabra, señor! -exclamó el sirviente.

-No, pero ahora sí que lo ha hecho -dijo Holmes-. Bien, caballero, se dará usted cuenta de que después de lo que ha dicho Bannister, su postura es insostenible, y que la única oportunidad que le queda es hacer una confesión sincera.

Por un momento, Gilchrist, con una mano levantada, trató de contener el temblor de sus facciones. Pero un instante después había caído de rodillas delante de la mesa y, con la cara oculta entre las manos, estallaba en una tempestad de angustiados sollozos.

-Vamos, vamos -dijo Holmes amablemente-. Errar es humano, y por lo menos nadie puede acusarle de ser un criminal empedernido. Puede que resulte menos violento para usted que yo le explique al señor Soames lo ocurrido, y usted puede corregirme si me equivoco. ¿Lo prefiere así? Está bien, está bien, no se moleste en contestar. Escuche, y comprobará que no soy injusto con usted.

»Señor Soames, desde el momento en que usted me dijo que nadie, ni siquiera Bannister, sabía que las pruebas estaban en su habitación, el caso empezó a cobrar forma concreta en mi mente. Por supuesto, podemos descartar al impresor, puesto que éste podía examinar los ejercicios en su propia oficina. Tampoco el indio me pareció sospechoso: si las pruebas estaban en un rollo, es poco probable que supiera de qué se trataba. Por otra parte, parecía demasiado coincidencia que alguien se atreviera a entrar en la habitación, de manera no premeditada, precisamente el día en que los exámenes estaban sobre la mesa. También eso quedaba descartado. El hombre que entró sabía que los exámenes estaban aquí. ¿Cómo lo sabía?

»Cuando vinimos por primera vez a su habitación, yo examiné la ventana por fuera. Me hizo gracia que usted supusiera que yo contemplaba la posibilidad de que alguien hubiera entrado por ahí, a plena luz del día y expuesto a las miradas de todos los que ocupan esas habitaciones de enfrente. Semejante idea era absurda. Lo que yo hacía era calcular lo alto que tenía que ser un hombre para ver desde fuera los papeles que había encima de la mesa. Yo mido seis pies y tuve que empinarme para verlos. Una persona más baja que yo no habría tenido la más mínima posibilidad. Como ve, ya desde ese momento tenía motivos para suponer que si uno de sus tres estudiantes era más alto de lo normal, ése era el que más convenía vigilar.

»Entré aquí y le hice a usted partícipe de la información que ofrecía la mesita lateral. La mesa del centro no me decía nada, hasta que usted, al describir a Gilchrist, mencionó que practicaba el salto de longitud. Entonces todo quedó claro al instante, y ya sólo necesitaba ciertas pruebas que lo confirmaran, y que no tardé en obtener.

»He aquí lo que sucedió: este joven se había pasado la tarde en las pistas de atletismo practicando el salto. Regresó trayendo las zapatillas de saltar, que, como usted sabe, llevan varios clavos en la suela. Al pasar por delante de la ventana vio, gracias a su elevada estatura, el rollo de pruebas encima de su mesa, y se imaginó de qué se trataba. No habría ocurrido nada malo de no ser porque, al pasar por delante de su puerta, advirtió la llave que el descuidado sirviente había dejado allí olvidada. Entonces se apoderó de él un repentino impulso de entrar y comprobar si, efectivamente, se trataba de las pruebas del examen. No corría ningún peligro, porque siempre podría alegar que había entrado únicamente para hacerle a usted una consulta.

»Pues bien, cuando hubo comprobado que, en efecto, se trataba de las pruebas, es cuando sucumbió a la tentación. Dejó sus zapatillas encima de la mesa. ¿Qué es lo que dejó en ese sillón que hay al lado de la ventana?

-Los guantes -respondió el joven.

Holmes dirigió una mirada triunfal a Bannister.

-Dejó sus guantes en el sillón y cogió las pruebas, una a una, para copiarlas. Suponía que el profesor regresaría por la puerta principal y que lo vería venir. Pero, como sabemos, vino por la puerta lateral. Cuando lo oyó, usted estaba ya en la puerta. No había escapatoria posible. Dejó olvidados los guantes, pero recogió las zapatillas y se precipitó dentro de la alcoba. Se habrán fijado en que el corte es muy ligero por un lado, pero se va haciendo más profundo en dirección a la puerta del dormitorio. Eso es prueba suficiente de que alguien había tirado de las zapatillas en esa dirección, e indicaba que el culpable había buscado refugio allí. Sobre la mesa quedó un pegote de tierra que rodeaba a un clavo. Un segundo pegote se desprendió y cayó al suelo en el dormitorio. Puedo agregar que esta mañana me acerqué a las pistas de atletismo, comprobé que el foso de saltos tiene una arcilla negra muy adherente y me llevé una muestra, junto con un poco del serrín fino que se echa por encima para evitar que el atleta resbale. ¿He dicho la verdad, señor Gilchrist?

El estudiante se había puesto en pie.

-Sí, señor; es verdad -dijo.

-¡Cielo santo! ¿No tiene nada que añadir? -exclamó Soames.

-Sí, señor, tengo algo, pero la impresión que me ha causado el quedar desenmascarado de manera tan vergonzosa me había dejado aturdido. Tengo aquí una carta, señor Soames, que le escribí esta madrugada, tras una noche sin poder dormir. La escribí antes de saber que mi fraude había sido descubierto. Aquí la tiene, señor. Verá que en ella le digo: «He decidido no presentarme al examen. Me han ofrecido un puesto en la policía de Rhodesia y parto de inmediato hacia África del Sur.»

-Me complace de veras saber que no intentaba aprovecharse de una ventaja tan mal adquirida -dijo Soames-. Pero ¿qué le hizo cambiar de intenciones?

Gilchrist señaló a Bannister.

-Este es el hombre que me puso en el buen camino -dijo.

-En fin, Bannister -dijo Holmes-. Con lo que ya hemos dicho, habrá quedado claro que sólo usted podía haber dejado salir a este joven, puesto que usted se quedó en la habitación y tuvo que cerrar la puerta al marcharse. No hay quien se crea que pudiera escapar por esa ventana. ¿No puede aclararnos este último detalle del misterio, explicándonos por qué razón hizo lo que hizo?

-Es algo muy sencillo, señor, pero usted no podía saberlo; ni con toda su inteligencia lo habría podido saber. Hubo un tiempo, señor, en el que fui mayordomo del difunto sir Jabez Gilchrist, padre de este joven caballero. Cuando quedó en la ruina, yo entré a trabajar de sirviente en la universidad, pero nunca olvidé a mi antiguo señor porque hubiera caído en desgracia. Hice siempre todo lo que pude por su hijo, en recuerdo de los viejos tiempos. Pues bien, señor, cuando entré ayer en esta habitación, después de que se diera la alarma, lo primero que vi fueron los guantes marrones del señor Gilchrist encima de ese sillón. Conocía muy bien aquellos guantes y comprendí el mensaje que encerraban. Si el señor Soames los veía, todo estaba perdido. Así que me desplomé en el sillón, y nada habría podido moverme de él hasta que el señor Soames salió a buscarle a usted. Entonces salió de su escondite mi pobre señorito, a quien yo había mecido en mis rodillas, y me lo confesó todo. ¿No era natural, señor, que yo intentara salvarlo, v no era natural también que procurase hablarle como lo habría hecho su difunto padre, haciéndole comprender que no podía sacar provecho de su mala acción? ¿Puede usted culparme por ello, señor?

-Desde luego que no -dijo Holmes de todo corazón, mientras se ponía en pie-. Bien, Soames, creo que hemos resuelto su pequeño problema, y en casa nos aguarda el desayuno. Vamos, Wátson. En cuanto a usted, caballero, confío en que le aguarde un brillante porvenir en Rhodesia. Por una vez ha caído usted bajo. Veamos lo alto que puede llegar en el futuro.